Con motivo del 11 de febrero, Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, el Instituto de Investigación Sanitaria Valdecilla (IDIVAL) ha reunido a cinco investigadoras para conversar, sin jerarquías ni etiquetas generacionales, sobre qué significa hoy dedicarse a la ciencia. La entrevista coral, en la que participan profesionales de distintos ámbitos biomédicos, ofrece una mirada honesta sobre la vocación científica, los desafíos estructurales de la carrera investigadora y la necesidad de seguir construyendo referentes femeninos.
Vocación y referentes: caminos diversos hacia la ciencia
Lejos de una imagen uniforme, las participantes comparten trayectorias diversas y formas distintas de llegar a la investigación. Algunas recuerdan una vocación temprana, casi intuitiva. Patricia Maiso, responsable de estudios preclínicos en el Grupo de Investigación en Hematología, lo expresa con claridad: “Yo siempre he querido ser científica, desde que recuerdo, con ocho o nueve años ya quería trabajar en un laboratorio”. En su caso, la idea de investigar —especialmente en el ámbito del cáncer— estuvo presente desde muy pequeña.
Otras describen un camino más progresivo. María Muñoz, investigadora postdoctoral Juan de la Cierva en el Grupo del Cefaleas y otras Enfermedades Neurológicas no Degenerativas, resume esa evolución natural: “No es un momento concreto, es un proceso. Te das cuenta de que la ciencia te permite hacer preguntas y poder contestarlas”. En su experiencia, la curiosidad y el deseo de comprender los mecanismos de la enfermedad fueron marcando el rumbo.
También Alicia García, científica de datos especializada en Bioinformática, reconoce que su trayectoria se fue construyendo a medida que descubría nuevas posibilidades: “Hay caminos que ni siquiera sabes que existen”. Su acercamiento a la bioinformática y la ciencia de datos es, precisamente, un ejemplo de cómo la ciencia actual abre puertas que hace apenas unos años ni siquiera estaban en el imaginario de muchas estudiantes.
En el ámbito de la psicología y la salud mental, Covadonga García, explica que su aproximación a la investigación fue gradual: “El mundo de la investigación lo fui descubriendo después y vi que era un ámbito en el que me sentía cómoda”. Esa conexión entre práctica clínica e investigación ha marcado su desarrollo profesional.
Para Mónica López, responsable del grupo de Nanomedicina y catedrática de Biología Molecular de la Universidad de Cantabria, el contexto cuando comenzó era muy distinto. “En mi época no se hablaba de referentes, seguíamos nuestro instinto, no teníamos internet ni acceso a la información que hay ahora”, recuerda. Su reflexión pone de relieve cuánto ha cambiado —y cuánto queda por cambiar— en la visibilidad de mujeres fundamentalmente en posiciones de liderazgo científico.
Pasión y exigencia: los retos que persisten
Más allá de cómo comenzó cada historia, todas coinciden en lo que las mantiene en la ciencia: el aprendizaje constante y la emoción del descubrimiento. La posibilidad de generar conocimiento y ver cómo un proyecto sale adelante es, para ellas, uno de los mayores alicientes. “Cuando un experimento funciona, es un subidón”, comparten durante la conversación.
Ese entusiasmo convive, sin embargo, con obstáculos estructurales. La falta de estabilidad laboral y la necesidad continua de competir por financiación generan una presión sostenida en el tiempo. Tal es así que varias señalan que han visto a compañeras brillantes abandonar la carrera científica ante la dificultad de consolidarse.
La conciliación, y especialmente la maternidad, ocupa un lugar central en el debate. Mónica López lo describe con una imagen muy gráfica: “El tren de la ciencia va, y si te bajas para tener un hijo, cuando quieres subir ya han pasado varios vagones”. Aunque reconocen avances en convocatorias y evaluaciones que hoy contemplan mejor estos periodos, subrayan que el impacto en la trayectoria profesional sigue siendo desigual.
También se aborda la escasa presencia femenina en puestos de mayor responsabilidad. Patricia Maiso insiste en que el reto no es solo cuantitativo: “No se trata solo de que haya más mujeres en ciencia, sino de que lleguen a puestos de mayor responsabilidad”. La representación femenina disminuye a medida que se asciende en la carrera académica, a pesar de que en muchas titulaciones biomédicas las mujeres son mayoría.
Mirar al futuro y abrir camino
Cuando hablan del futuro, lo hacen con realismo, pero también con ilusión. Hablan de consolidar líneas de investigación, de liderar proyectos propios y de contribuir a una ciencia más colaborativa y conectada con la sociedad. La posibilidad de trabajar en red, conocer otros países y formar parte de comunidades científicas diversas es uno de los grandes valores que destacan.
El mensaje hacia las niñas y jóvenes es claro y compartido. Alicia García anima a explorar sin miedo: “Igual hay una niña que quiere estudiar algo tecnológico y ni siquiera se lo está planteando. Hay que mirar donde no siempre te atreves a mirar”. La ciencia actual necesita perfiles diversos y miradas nuevas. María Muñoz subraya la importancia de la confianza: “Si tienes un foco y es algo que te gusta, ¿por qué no?”. Sentirse acompañada ayuda, coinciden, pero también es fundamental no autoimponerse límites.
Desde la experiencia, Mónica López lanza un mensaje directo a las estudiantes que dudan en los últimos cursos: “La investigación científica es una inversión en formación; te amuebla la cabeza para muchas más cosas de las que imaginas”. Una idea que Covadonga García completa recordando que, pese a las dificultades, “es duro, pero es muy gratificante”.
Con esta iniciativa, IDIVAL se suma a la conmemoración del 11 de febrero dando voz a cinco investigadoras que, desde distintos ámbitos, comparten una misma convicción: la ciencia necesita diversidad, necesita mujeres y necesita referentes reales. Historias contadas en primera persona que muestran que, aunque el camino no siempre es fácil, construir una ciencia en femenino es posible y necesario.
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